Una bomba atómica de primeros auxilios

Hoy he tenido un sueño de esos que se recuerdan con claridad y detalle. El tema principal es la muerte y los protagonistas somos una mujer indefinida y yo. Aunque en el sueño esta mujer es mi pareja, no sé identificarla. Su aspecto no coincide con nadie que yo conozca.

Lo que recuerdo del sueño empieza con la decisión consensuada de terminar con nuestras vidas. Tenemos en nuestro poder una bomba atómica y vamos a proceder a activarla. La sostengo en mis manos. La bomba en mis manos cobra un aspecto extraño. Parece un artefacto hinchable, blando y de color amarillo. El material de la bomba, irónicamente, se parece al de un chaleco salvavidas. También tiene piezas rígidas por dentro. La sensación es la de una bomba atómica de primeros auxilios.

Para explotar la bomba sólo necesito lanzarla fuertemente contra el suelo. Me pregunto si no será necesaria una mayor altura. Sostengo la bomba con los brazos extendidos, esperando el momento se soltarla. Miro a la mujer, que asiente con la cabeza. En ese momento dudo, pero no me da tiempo a dudar mucho porque la bomba ha tomado su propia decisión. Se desinfla en mis manos y su parte posterior se ilumina como una bombilla. La bomba se ha activado de forma irreversible. Es un hecho que sólo nos quedan unos segundos de vida.

En ese breve lapso me da tiempo a pensar dos cosas. La primera, que el temor a la muerte sólo se mantiene mientras estás vivo. La segunda, que la decisión de morir es irrevocable. Uno no puede arrepentirse de ello y volver atrás, mientras que la decisión de vivir se puede reconsiderar tantas veces como se quiera. Mientras se siga viviendo uno puede decidir morir. ¿Habré tomado la decisión incorrecta? Después de todo, yo sólo estaba dudando. Fue la bomba la que tomó la decisión de activarse.

Se acabó el tiempo. La bomba se activa, pero no con una gran explosión. Primero crea un vórtice radioactivo. Una especie de remolino luminoso que va creciendo paulatinamente mientras se traga las cosas que le rodean y hace un agujero en el suelo. El remolino emite una nube de colores brillantes y mucha luz. Puede apreciarse que se compone de las piezas rígidas procedentes del interior de la bomba, que crecen de tamaño junto al remolino.

La mujer queda atrapada en la nube y veo cómo se desintegra. Sin ruido, sin dramas, sin aparente sufrimiento. Sin embargo, mi reacción es de auténtica sorpresa. Me esperaba una explosión atómica, rápida y fulminante, y me encuentro con esta especie de proceso controlado, paulatino pero inexorable.

Me asusto —no es para menos— y me aparto unos metros. Sé que puedo ganar unos segundos, pero tengo conciencia de lo inevitable del fatal desenlace una vez iniciado el proceso. Durante breves segundos observo cómo evoluciona la nube radioactiva y me pregunto si estará perdiendo fuelle. En ese momento mi preocupación es clara. Temo que la bomba, si pierde fuerza, no sea lo suficientemente potente como para acabar conmigo de forma fulminante y me sumerja finalmente en un periodo de agonía y dolor. Frente a esta idea, decido saltar directamente sobre la nube de humo antes de que se debilite más. La nube me envuelve plácidamente. Me preparo mentalmente para recibir el dolor de la desintegración y me pregunto cuánto durará. Lo siguiente es la sorpresa por la ausencia de dolor. El proceso de desintegración dura un segundo aproximadamente y se percibe como un ligero mareo. Después, la decepción por la constatación de un hecho insólito. Aún muerto sigo consciente y la sensación “vital” de la muerte es exactamente igual a la de estar vivo.

Despierto y abro los ojos anonadado por la precisión del recuerdo.